El deudor alimentario exhibido en la marcha del 8M: La máscara del “aliado” que cayó en Tlaxcala

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer en Tlaxcala, una jornada destinada a la exigencia de justicia, seguridad y equidad, se convirtió este año en el escenario de una de las ironías más virales y reveladoras. Lo que pretendía ser un performance de solidaridad masculina terminó por desnudar una realidad que miles de mujeres enfrentan en el ámbito privado: la incongruencia de quienes dicen apoyar la causa en lo público, pero violentan económicamente a sus familias en lo privado.

El performance de la contradicción

Durante el desarrollo de la movilización por las principales calles de la capital tlaxcalteca, la atención de las manifestantes y transeúntes se centró en una pareja que buscaba emitir un mensaje visual impactante. Un hombre caminaba con el torso descubierto, los ojos vendados y una soga al cuello que era sostenida por una joven que lo guiaba. En su espalda, pintada con letras rojas que simulaban sangre, se leía la frase: “Me callo para que ellas hablen”.

Este tipo de actos, conocidos en el activismo como “performances de aliados”, buscan teóricamente simbolizar la cesión del espacio protagónico a las mujeres. Sin embargo, en un movimiento que reclama autonomía y congruencia, la presencia de hombres suele ser vista con escepticismo, especialmente cuando el espectáculo visual parece centrar la atención nuevamente en la figura masculina. Lo que este individuo no esperaba era que, entre la multitud de voces que pretendía dejar hablar, se encontraría precisamente la voz que lo confrontaría con su propia realidad.

El encuentro con la verdad: “Tiene un hijo conmigo”

La escena de sumisión simbólica se desmoronó en cuestión de segundos cuando una mujer, asistente a la marcha, reconoció al protagonista. Sin dejarse intimidar por la puesta en escena o por la joven que lo escoltaba, la mujer se acercó para increparlo directamente. El reclamo fue claro y contundente: el hombre que posaba como un aliado consciente de la lucha feminista fue señalado como un deudor alimentario.

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Ante el intento de la acompañante del hombre por defender el acto, la denunciante respondió con una frase que resonó con fuerza entre las presentes: “¿Tú qué sabes? Él tiene un hijo conmigo”. La acusación no era menor. En un contexto donde la violencia económica y el abandono de las obligaciones parentales son formas sistemáticas de violencia contra la mujer y las infancias, el señalamiento transformó al “aliado” en un agresor exhibido.

La expulsión: Un espacio seguro para las mujeres

La reacción de las colectivas y mujeres presentes fue inmediata. Bajo la premisa de que las marchas del 8M son espacios seguros y que no hay lugar para agresores, el coro de “¡Fuera, fuera!” comenzó a retumbar. El hombre, cuya frase en la espalda pedía silencio para que ellas hablaran, tuvo que experimentar el peso de esas voces que, finalmente, hablaron para exigir su retiro.

Superado por la situación y con su imagen expuesta ante las cámaras de celulares que ya circulaban el momento en tiempo real, el individuo tuvo que abandonar la marcha. La soga que inicialmente formaba parte de su “actuación” se convirtió en el medio por el cual fue guiado fuera del contingente, dejando atrás un rastro de indignación y debate en las redes sociales.

El debate sobre los “aliados de cartón”

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Este suceso en Tlaxcala ha reabierto una discusión necesaria sobre el papel de los hombres en el feminismo. El término “aliado de cartón” se ha vuelto tendencia para describir a aquellos varones que adoptan el discurso feminista de manera superficial o estética, pero cuyas acciones cotidianas —como el impago de pensiones, el ejercicio de violencia vicaria o la falta de corresponsabilidad en los cuidados— contradicen los valores de la lucha.

La violencia económica, representada en el incumplimiento de la pensión alimentaria, es una de las deudas históricas del sistema judicial en México. Que un deudor intente utilizar una plataforma de protesta feminista para limpiar su imagen o protagonizar un acto de “iluminación” personal es considerado por muchas activistas como una forma de violencia estética y una burla a las madres buscadoras de justicia.

Reacciones en la era digital

El video del incidente no tardó en volverse nacional. Las críticas en plataformas como X (antes Twitter) y TikTok se centraron en la ironía del mensaje en su espalda. “El que quería callar para que ellas hablaran, y terminó hablando la que más le dolía”, comentaba un usuario. El caso se ha vuelto un recordatorio de que, en la era de la información, la coherencia es el activo más valioso y que las calles ya no son un lugar donde los agresores puedan esconderse bajo disfraces de empatía.

Este episodio deja una lección clara para la sociedad tlaxcalteca y el país entero: el feminismo no busca espectadores ni protagonistas masculinos que realicen actos teatrales; busca justicia tangible, responsabilidad y el fin de las violencias en todas sus formas, empezando por el hogar y las obligaciones legales básicas.

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